Abandon: 100 Nukishinai to Derarenai Fushigi na Kyoushitsu [02/¿?][Subtitulado en Español] Online
Abandon: 100 Nukishinai to Derarenai Fushigi na Kyoushitsu
En el aula de clases suplementarias, un grupo de estudiantes se encontraba atrapado por una fuerza inexplicable que surgió de sus teléfonos móviles. El Gobernante, una entidad misteriosa y poderosa, apareció de repente con una voz fría y autoritaria. Les anunció que no podrían abandonar el salón hasta completar un desafío perverso: lograr exactamente cien liberaciones intensas dentro de aquellas paredes cerradas. Cualquier intento de escapar activaría castigos inmediatos que harían temblar sus cuerpos de placer forzado.
Tomonori Abe, el joven tímido que había ganado un concurso de guiones para películas adultas, se convirtió en el centro involuntario del juego. Sus compañeras —Arisa Katagiri, la chica de cabello largo y mirada altiva; Hikaru Tsumura, la deportista de curvas firmes y temperamento fuerte; y Miho Sonoda, la dulce de senos generosos y piel suave— descubrieron su secreto y comenzaron a burlarse. Pero el Gobernante transformó su burla en algo mucho más profundo y carnal.
De pronto, el aire se cargó de una energía caliente y espesa. El Gobernante otorgó “habilidades de juego” a cada uno. Arisa sintió cómo su cuerpo se alteraba, permitiéndole generar apéndices flexibles y húmedos que se extendían como serpientes vivas, buscando piel desnuda para enredarse y estimular sin piedad. Hikaru, furiosa al principio, activó su transformación demoníaca: sus ojos brillaron rojos mientras su entrepierna se hinchaba con una protuberancia gruesa y venosa, capaz de penetrar con fuerza brutal y hacer que cualquier cuerpo se arqueara en éxtasis incontrolable.
El primer enfrentamiento ocurrió cuando Hikaru se acercó a Miho. La empujó contra el pupitre, separando sus piernas con las manos temblorosas. Miho jadeó al sentir la punta caliente rozando su entrada húmeda, deslizándose lentamente al principio, luego empujando con profundidad creciente. Cada embestida hacía que los senos de Miho rebotaran con ritmo, sus pezones endurecidos rozando la tela rasgada de la blusa. Hikaru gruñía, moviéndose más rápido, mientras sus dedos apretaban las caderas suaves de su compañera, obligándola a recibir todo el grosor hasta el fondo. Miho gritaba de placer, su interior contrayéndose alrededor de la invasión, hasta que un orgasmo violento la hizo convulsionar y derramar sus jugos calientes sobre el escritorio.
Arisa no se quedó atrás. Sus tentáculos surgieron de su cuerpo, envolviendo los muslos de Tomonori. Uno de ellos se enroscó alrededor de su miembro erecto, apretando y deslizándose con movimientos ondulantes que imitaban una boca húmeda y experta. Otro tentáculo encontró la entrada trasera del joven, lubricándose con sus propios fluidos antes de presionar y entrar poco a poco, estirando y llenando ese espacio estrecho. Tomonori gemía sin control, su cuerpo traicionado por el placer doble mientras Arisa lo montaba a horcajadas, frotando su propia humedad contra el vientre de él.
El Gobernante observaba desde las sombras, su risa resonando en el aula. “Más… necesito más liberaciones”, exigía. Las parejas se intercambiaban sin descanso. En un momento, Miho se sentó sobre Tomonori, bajando lentamente hasta que él la llenó por completo. Ella movía las caderas en círculos, luego subía y bajaba con fuerza, sus paredes internas apretando y succionando cada centímetro. Sus gemidos se mezclaban con los sonidos húmedos de piel contra piel.
Hikaru, en su forma demoníaca, tomó a Arisa por detrás. La inclinó sobre una silla, separando sus nalgas y empujando su miembro grueso en un solo movimiento profundo. Arisa chilló de placer, sus tentáculos agitándose en el aire mientras Hikaru la penetraba con golpes duros y rápidos, haciendo que sus cuerpos chocaran con fuerza. Al mismo tiempo, uno de los tentáculos de Arisa se introdujo en la boca de Hikaru, follándola por la garganta mientras otra parte estimulaba su punto más sensible desde dentro.
Las modificaciones corporales se volvían más intensas con cada ronda. Senos crecían, sensibles al mínimo roce; entradas se volvían más elásticas y lubricadas; placeres se multiplicaban. Junpei, el otro chico, fue arrastrado al centro. Las chicas lo rodearon, turnándose para lamer y chupar su longitud con lenguas ávidas, tragando hasta el fondo mientras sus manos acariciaban y apretaban. Luego lo montaron una tras otra, cabalgando con desesperación, sus fluidos mezclándose en un charco sobre el suelo del aula.
El juego se volvió una orgía caótica y sin límites. Cuerpos sudorosos se entrelazaban en el piso, contra las paredes, sobre los pupitres. Penetraciones profundas y continuas, bocas que succionaban con hambre, manos que exploraban cada curva y pliegue. Tentáculos invadían múltiples orificios a la vez, estirando y llenando hasta hacer que los participantes gritaran en clímax tras clímax. El Gobernante contaba cada liberación, su voz excitada: “Ochenta y siete… noventa y tres… sigue así”.
Arisa, convertida en una masa de tentáculos lascivos, envolvió a los cuatro restantes. Uno penetraba a Miho por delante mientras otro lo hacía por detrás, sincronizados en un ritmo que la hacía temblar sin parar. Hikaru follaba a Tomonori con furia animal, su miembro hinchado entrando y saliendo con sonidos obscenos, mientras su propia entrada era estimulada por otro apéndice.
Las horas se volvieron eternas. Sudor, fluidos y gemidos llenaban el aire. Cada orgasmo acercaba la libertad, pero también profundizaba la adicción al placer prohibido. Cuerpos se rendían, pero el deseo no cesaba. Miho llegó al clímax gritando, su interior apretando con fuerza mientras chorros calientes la llenaban desde dentro. Hikaru eyaculó con un rugido, derramando su semilla espesa en el fondo de Arisa, quien a su vez liberó sus propios jugos sobre el rostro de Tomonori.
Cuando la cuenta llegó a cien, el Gobernante rio satisfecho y las puertas se abrieron. Pero los estudiantes, exhaustos y cubiertos de marcas de pasión, ya no eran los mismos. El aula guardaba sus secretos más oscuros: una noche de sexo desenfrenado, humillaciones convertidas en éxtasis compartido y cuerpos que ahora anhelaban más de esa locura.
El juego había terminado, pero el fuego en sus venas apenas comenzaba a apagarse.


















