ROE-187 A Night Spent Drinking With My Beloved Mother. I Became An Adult Addicted To Drinking And Squirting. Maki Tomoda
Era una noche especial para celebrar los veinte años de Manabu. Desde que su esposo falleció años atrás, Maki había criado sola a su hijo, viéndolo crecer hasta convertirse en un joven que cada día se parecía más al hombre que tanto amó. Esa velada, en la intimidad de su hogar, abrieron una botella de vino para brindar por su mayoría de edad. Era la primera vez que él probaba el alcohol.
Al principio todo era risas y recuerdos. Maki, con su figura madura y generosa, vestía una bata ligera que dejaba entrever la curva suave de sus pechos abundantes y la forma de sus caderas. El vino corría con facilidad. Una copa llevó a otra, y pronto ambos sintieron el calor subir por sus cuerpos. Manabu la miraba diferente esa noche; sus ojos se detenían en los labios húmedos de su madre, en la forma en que su cabello caía sobre los hombros desnudos.
—Desde niño soñé con protegerte cuando fuera grande —murmuró él, ya con la voz pastosa, acercándose más en el sofá—. Te quiero tanto, mamá…
Maki sintió un escalofrío. El alcohol había derretido las barreras. Ella también lo abrazó, y de pronto sus bocas se encontraron en un beso torpe al principio, luego profundo y hambriento. Las manos de él recorrieron la espalda de ella, bajando hasta apretar las nalgas redondas y firmes bajo la tela fina. Maki gimió contra sus labios, sorprendida por el deseo que despertaba en su interior.
Sin decir nada más, él la levantó en brazos y la llevó hasta la cama. La desvistió con lentitud, admirando cómo sus senos grandes y pesados se liberaban, con los pezones ya endurecidos por la excitación. Maki lo atrajo hacia sí, besándolo con urgencia mientras sus dedos desabrochaban la ropa de él. Sentía su miembro rígido presionando contra su muslo, caliente y palpitante.
Se tumbaron juntos. Manabu bajó la cabeza y tomó uno de sus pezones en la boca, succionando con fuerza mientras su mano descendía entre las piernas de ella. Sus dedos separaron los labios húmedos y resbaladizos, acariciando el punto sensible que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido largo. Maki estaba empapada. El alcohol había liberado toda su inhibición; separó más las piernas, ofreciéndose completamente.
Él se colocó encima, frotando su erección contra la entrada mojada antes de empujar lentamente hacia adentro. Maki jadeó al sentir cómo la llenaba por completo, estirándola con cada centímetro. Empezaron a moverse en un ritmo lento, piel contra piel, sudor mezclándose con el calor del vino. Los pechos de ella rebotaban con cada embestida profunda, y él no podía dejar de besarlos, morderlos suavemente.
Pronto el ritmo se volvió más intenso. Manabu la penetraba con fuerza, sosteniéndole las caderas mientras ella rodeaba su cintura con las piernas. Maki sentía el placer acumularse como una ola. Sus paredes internas se contraían alrededor de él, y de pronto un chorro caliente salió de su interior, empapando las sábanas y el vientre de su hijo. Gritó de éxtasis, el cuerpo temblando en un orgasmo que la dejó sin aliento.
No pararon. Cambiaron de posición: ella se puso de rodillas sobre la cama, con la espalda arqueada, y él la tomó desde atrás, sujetándola por la cintura mientras entraba y salía con golpes profundos y rápidos. Cada vez que él empujaba hasta el fondo, ella sentía otro chorro de placer líquido escapando de su cuerpo, mojando todo a su alrededor. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación junto con los gemidos.
Maki se giró de nuevo, sentándose encima de él. Cabalgaba con movimientos circulares y profundos, sus senos balanceándose frente a la cara de Manabu, quien los lamía y apretaba mientras ella aceleraba. Otro orgasmo la atravesó, y esta vez el chorro fue tan abundante que salpicó el pecho de él. Él no aguantó más: con un gruñido final, se derramó dentro de ella, llenándola con su semilla caliente mientras ambos temblaban unidos.
Exhaustos y aún unidos, se quedaron abrazados bajo las sábanas húmedas. El vino y el placer habían creado un lazo nuevo e irresistible. Desde esa noche, Manabu se volvió adicto a esas sesiones de bebida y deseo desenfrenado con su madre. Cada vez que bebían juntos, terminaban entrelazados, ella derramando su placer una y otra vez hasta quedar completamente rendida y satisfecha.
