ROE-336 A Night Of Drinking With My Beloved Mother [Hentai Live Action][Sin Censura] Online

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ROE-336 A Night Of Drinking With My Beloved Mother. I Grew Up Addicted To Alcohol And Squirting. Rin Okae

Aquella noche celebrábamos el vigésimo cumpleaños de mi hijo Kanade. Desde que su padre falleció cuando él era pequeño, solo nosotros dos habíamos compartido la casa, creando un vínculo profundo y silencioso. Kanade había crecido tanto que su rostro y su forma de moverse me recordaban dolorosamente al hombre que perdí. Como madre, me llenaba de orgullo verlo convertido en un joven fuerte y atractivo; como mujer solitaria, ese parecido despertaba en mí una melancolía mezclada con algo más intenso que no quería nombrar.
Decidí que esa velada fuera especial. Saqué una botella de sake de buena calidad y llenamos las copas. No soy buena bebiendo, pero el licor bajaba suave y cálido aquella noche. Las risas llegaron pronto. Kanade se mostraba más cariñoso de lo habitual, acercando su silla, rozando mi brazo con el suyo. Sus ojos brillaban con el alcohol y algo más profundo.
—Madre… hoy te ves hermosa —murmuró, con la voz ronca por el sake.
El calor subió a mis mejillas. Seguimos bebiendo. Las copas se vaciaban una tras otra. Mi cuerpo se sentía ligero, las defensas derrumbándose. Kanade se inclinó hacia mí y, sin pensarlo, sus labios rozaron los míos en un beso torpe que rápidamente se volvió hambriento. No lo detuve. El deseo que había reprimido durante años explotó de golpe.
Nos besamos con urgencia en el sofá de la sala. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando hasta apretar mis caderas con fuerza. Yo respondí acariciando su pecho, sintiendo cómo su respiración se aceleraba. Me sentó sobre su regazo; mis piernas se abrieron naturalmente alrededor de él. Podía sentir su excitación presionando contra mí a través de la ropa. Desabotoné su camisa mientras él levantaba mi falda, sus dedos explorando la piel suave de mis muslos.
—Quiero sentirte… todo —susurró contra mi cuello, mordiendo suavemente.
Lo ayudé a quitarse los pantalones. Su miembro erecto y caliente saltó libre. Lo rodeé con mi mano, moviéndola lentamente de arriba abajo, sintiendo cómo palpitaba bajo mis dedos. Kanade gimió y echó la cabeza hacia atrás. Me levanté un momento para quitarme las bragas empapadas. Volví a sentarme sobre él, guiando su dureza hacia mi entrada húmeda y caliente.
Bajé despacio, dejándolo entrar centímetro a centímetro. Un gemido largo escapó de mi garganta al sentirlo llenándome por completo. Empecé a moverme, subiendo y bajando con ritmo creciente. Mis paredes internas lo apretaban con cada descenso. El placer era abrumador; el alcohol hacía que todo se sintiera más intenso.
Kanade agarró mis nalgas con ambas manos, ayudándome a cabalgarlo más rápido. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos y obscenos. El sudor nos cubría la piel. De pronto, una ola de placer me atravesó con violencia. Me corrí con fuerza, expulsando un chorro caliente que empapó su abdomen y el sofá. Mi cuerpo temblaba sin control mientras seguía moviéndome, prolongando el éxtasis.
Él no aguantó mucho más. Me levantó en brazos y me llevó a la cama. Allí me colocó de lado, levantando una de mis piernas. Entró de nuevo desde atrás, penetrándome profundamente con embestidas firmes y constantes. Sus manos apretaban mis senos, pellizcando los pezones endurecidos. Cada golpe me hacía jadear. Otra oleada de placer me invadió y volví a soltar un chorro abundante que mojaba las sábanas.
Cambiamos de posición. Me puse encima otra vez, pero ahora de espaldas a él, apoyando las manos en sus rodillas. Rebotaba con energía, sintiendo cómo entraba hasta el fondo en cada movimiento. Kanade gemía mi nombre, sus dedos clavándose en mis caderas. El ritmo se volvió salvaje. Mis fluidos seguían brotando con cada orgasmo, dejando todo resbaladizo y brillante.
Finalmente, él no pudo más. Con un gruñido profundo, se hundió hasta el fondo y se derramó dentro de mí, llenándome con chorros calientes y espesos. Yo me corrí una vez más al sentirlo, mi cuerpo convulsionando mientras otro chorro salía de mí, mezclándose con su semen.
Quedamos abrazados, respirando agitados, cubiertos de sudor y fluidos. El alcohol aún nublaba nuestras mentes, pero el placer había sido real y adictivo. Esa noche marcó el comienzo de algo que ninguno de los dos podría detener. Kanade se había convertido en hombre entre mis brazos, ahogado en licor y en el torrente incontrolable de mi placer.