MIDA-313 I Drugged My Cheeky Stepdaughter, A Short, Busty High School Girl, And Made Her Cum Over And Over Again, Drooling And Dripping With Bodily Fluids, For 7 Days Straight.
¡Qué travesura tan dulce se cocinaba en casa esa semana!
La pequeñita de curvas generosas y actitud bien chispeante, mi hijastra del nuevo matrimonio, siempre respondona y con esa carita de “yo mando aquí”.
Yo había esperado el momento perfecto: ella salía despreocupada y yo, con una sonrisa pícara, preparé una bebida especial con un toque secreto que la pondría en modo fiesta total.
“Ven, toma esto para refrescarte”, le dije con tono inocente. Ella, confiada y un poco burlona, bebió sin sospechar nada. ¡Que empiece el juego de los siete días!
¡Ay, qué semana tan jugosa y sin freno nos esperaba!
El elixir hizo efecto rapidito: sus mejillas se encendieron, los ojos se le pusieron brillantes y esa boquita respondona empezó a soltar gemiditos sin querer.
Yo la observaba divertido mientras ella se retorcía en el sillón, el uniforme escolar subiéndose solo por sus movimientos inquietos.
“¿Qué me pasa? Todo me quema…”, murmuraba entre risitas nerviosas. Y yo, acercándome despacio, le susurraba: “Tranquila, yo te ayudo a sentirte mucho mejor…”.
El plan era claro: siete días enteros de placer nonstop, hasta que quedara toda mojada, babeando y pidiendo más sin poder parar.
El primer día ya fue una locura. Le até suavemente las muñecas con una corbata para que no se escapara del torbellino y empecé a explorar cada rincón de su cuerpo corto y lleno de curvas. El medicamento la tenía hipersensible: apenas rozaba sus pezones con la lengua, ella arqueaba la espalda y soltaba un chorrito caliente que empapaba las sábanas.
La puse boca arriba en la cama, le abrí las piernas con cuidado y hundí dos dedos en su entrada resbaladiza, moviéndolos rápido mientras con la otra mano jugaba con su punto más sensible. Ella gemía sin control, la boca abierta, saliva corriendo por las comisuras mientras su cuerpo se sacudía. “¡No pares… por favor!”, suplicaba ya sin vergüenza. Un orgasmo tras otro la atravesaba, cada uno más fuerte, dejando su piel brillante de sudor y fluidos.
Al segundo día la encontré en la cocina todavía bajo efectos, con las rodillas temblando. La cargué hasta la pared del pasillo, la apoyé de espaldas contra ella y la levanté un poco para entrar profundo. Embestía con ritmo constante, sintiendo cómo sus paredes internas me apretaban con fuerza cada vez que llegaba al fondo. Ella rodeaba mi cuello con los brazos, las piernas en mi cintura, y gritaba de placer mientras otro chorro salía disparado entre nosotros, mojándonos a los dos.
Los días siguientes fueron una maratón deliciosa. La dejaba atada con juguetes vibrando dentro y fuera de ella mientras yo trabajaba, y al volver la encontraba toda temblorosa, babeando sobre la almohada y con las sábanas empapadas. Entonces la soltaba y la penetraba sin piedad: a veces de lado, abrazándola fuerte mientras entraba y salía lento y profundo; otras la ponía de rodillas en el borde de la cama, sujetándola por las caderas y empujando con fuerza desde atrás, haciendo que sus pechos rebotaran con cada choque.
Para el día cuatro ya estaba completamente adicta. Me buscaba ella misma, gateando con la mirada nublada de deseo, abriendo la boca para chuparme con ganas, la lengua girando mientras saliva le caía por la barbilla. Yo la recompensaba llenándola una y otra vez, cambiando de posición: sentado en el sofá con ella encima moviéndose salvajemente, o de pie contra la ventana, embistiéndola hasta que sus piernas no la sostenían.
Cada orgasmo la dejaba más sensible. Su cuerpo pequeño y voluptuoso no paraba de soltar fluidos: chorros calientes que salpicaban mis muslos, saliva que brillaba en sus labios hinchados, sudor que hacía que todo se deslizara con facilidad. Al séptimo día ya no quedaba ni rastro de la chica respondona; solo una muñequita jadeante, pidiendo que la hiciera acabar una vez más, completamente cubierta de sus propios jugos y con una sonrisa de placer total.
Al final de la semana, exhausta pero felizmente rendida, se acurrucó contra mí y murmuró: “Quiero que esto nunca termine…”.
Y yo, sonriendo, pensé que quizás prepararía otra botellita pronto. Siete días de placer intenso, fluidos por todos lados y una hijastra convertida en la más dulce adicta al éxtasis.
