NACT-092 Revenge On Mother Who Had An Affair During Father’s Final Days — Perverse Daughter Who Sleeps With Her Father’s Second Husband — Hinori Urakami
La joven Hinori observaba con ojos fríos cómo su madre anunciaba, radiante, que un hombre nuevo entraría en sus vidas. Apenas habían pasado los días más duros, cuando el padre luchaba por su último aliento, y ya ella sonreía con esa propuesta de matrimonio. Hinori guardaba en silencio el secreto que había descubierto: aquellas visitas sospechosas, las noches en que su madre salía mientras el enfermo agonizaba. El rencor creció como una sombra dentro de ella.
El nuevo esposo llegó a la casa. Era un hombre maduro, de presencia firme y mirada amable que intentaba ganarse el afecto de la hija. Hinori, con su uniforme escolar aún puesto, empezó a moverse con lentitud deliberada frente a él. Rozaba su cuerpo contra el suyo al pasar por el pasillo estrecho, dejaba caer objetos para inclinarse lentamente y mostrar la curva suave de su figura juvenil. Pronto las miradas se volvieron más largas, cargadas de una tensión que ninguno nombraba.
Una tarde, mientras la madre trabajaba fuera, Hinori entró en la habitación donde él descansaba. Se sentó a su lado en la cama y, con voz baja y dulce, le confesó que se sentía sola desde la pérdida. Sus dedos rozaron el muslo masculino, subiendo con paciencia. Él intentó resistirse al principio, murmurando que no era correcto, pero el calor de aquella mano joven y la forma en que ella se acercó, presionando su pecho contra el brazo de él, derritieron cualquier defensa.
Hinori se arrodilló entre las piernas abiertas del hombre. Deslizó la tela hacia abajo y liberó su miembro endurecido, que latió al contacto del aire. Lo miró a los ojos mientras sus labios suaves rodeaban la cabeza gruesa, deslizándose hacia abajo con lentitud húmeda. Su lengua giraba, lamiendo cada centímetro mientras subía y bajaba la cabeza, succionando con ritmo constante. Los gemidos graves de él llenaban la habitación. Ella aceleraba, introduciéndolo profundo hasta que sentía la garganta apretada, saliva brillando en la piel tensa.
Cuando él ya temblaba al borde, Hinori se levantó, se quitó la ropa interior y se colocó encima. Guió el miembro erecto hacia su entrada mojada y descendió poco a poco, sintiendo cómo la llenaba por completo, estirándola con ese grosor caliente. Comenzó a moverse, balanceando las caderas en círculos lentos al principio, luego más rápidos, chocando piel contra piel. Sus manos se apoyaban en el pecho masculino mientras subía y bajaba, los sonidos húmedos de la unión resonando con cada descenso profundo.
Cambió de postura: se giró, ofreciéndole la vista de su espalda y sus nalgas redondas mientras continuaba cabalgando, las manos de él agarrando sus caderas para guiar el ritmo más intenso. Sudor perlaba sus cuerpos. Hinori jadeaba, el placer mezclándose con la satisfacción oscura de saber que esto ocurría a espaldas de su madre.
Más tarde, en la ducha, él la tomó de nuevo. La levantó contra la pared, las piernas de ella rodeando su cintura mientras empujaba hacia arriba, penetrándola con fuerza repetida. El agua caía sobre ellos, amortiguando los gemidos. Hinori clavaba las uñas en su espalda, susurrándole al oído lo mucho que lo deseaba, lo bien que se sentía dentro de ella.
La venganza se convirtió en adicción. Cada encuentro era más atrevido: en la cocina mientras la madre dormía, en el auto aparcado, incluso en la misma cama matrimonial cuando ella salía. Hinori se entregaba con pasión salvaje, tragando el semen caliente cuando él explotaba en su boca, o gimiendo cuando lo recibía profundo en su interior, sintiendo el líquido espeso derramarse dentro mientras sus paredes internas lo apretaban en espasmos de placer.
Lágrimas de éxtasis rodaban por sus mejillas al sentir el calor de la semilla inundándola, rompiendo cualquier lazo familiar restante. La madre nunca sospechó, o quizá eligió no ver. Hinori, por su parte, sonreía en secreto cada vez que veía a su madre besar a ese hombre, sabiendo que él ya le pertenecía en cuerpo y deseo.
El juego continuó, perverso y adictivo, hasta que el placer de la conquista borró casi por completo el origen del rencor. Solo quedaba el fuego de sus cuerpos entrelazados, una y otra vez.
